Comenzamos guardando un momento de silencio antes de empezar la oración
En este tiempo de Pentecostés, volvemos la mirada al Espíritu Santo, presencia viva de Dios que nos habita y nos impulsa.
Él es aliento que revive lo apagado, luz que aclara nuestras dudas y fuego que enciende el amor.
Nos regala sus dones para crecer: sabiduría, fortaleza, consejo… y así servir con alegría.
El Espíritu crea unidad en la diversidad, hace de muchos un solo corazón y una sola alma.
Es guía en el camino cotidiano: inspira decisiones, consuela en las pruebas y anima la esperanza.
Hoy abrimos el corazón para que su viento renueve nuestra vida y nos envíe como testigos.

Pasamos a cada apartado.